jueves, 17 de noviembre de 2011

El Paraíso de Foucault

Simón Bolívar y el pueblo mapuche




Simón Bolívar y el pueblo mapuche fueron contemporáneos. En su célebre Carta de Jamaica, el Libertador define a los jóvenes revolucionarios independentistas y a las gentes que representan “no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”. Describe, en unas pocas líneas, sus augurios para las novísimas naciones americanas en formación y señala, en particular, sobre el Pueblo Mapuche: “El reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está lidiando contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron un término a sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente para probarles, que el pueblo que ama su independencia, por fin la logra”. Simón Bolívar, Carta de Jamaica, Kingston 6 de septiembre de 1815.  Me interesa mostrar no sólo la certificación de existencia del pueblo mapuche, a manos del Libertador, sino más bien, y como se verá, la convicción de Bolívar de la condición político democrática estructural de país indígena.

Sus palabras son al mismo tiempo un certificado y una premonición. Certificación de la existencia del pueblo y augurio de las posibilidades que esperan a los habitantes de esas tierras australes. Sus esperanzas, no lo sabe aún, serán demolidas a poco de conformarse el Estado de Chile  a través de su acción colonizadora y apropiación de los territorios de lo que llamarán La Frontera.

 Los “araucanos” llama el Libertador a los mapuche. Excusémosle el término impuesto, toda vez que era de uso habitual en la época, y no sólo en esos años ya que bien entrado el siglo XX hasta los propios mapuches bautizaban sus organizaciones como araucanas: Frente Araucano, Unión Araucana, Corporación Araucana; de hecho en Santiago persistió, hasta hace poco, la Liga Araucana Millelche.

Simón Bolívar está en antecedentes de la victoria mapuche sobre los intentos hispánicos de conquista. “Los [mapuche] que antes pusieron término a sus conquistas”. El fin de la invasión había sido acordado con la corona española en las Paces de Quillín en 1641. “Los indómitos y libres araucanos” los llama, forma corriente que se podía leer en cualquier relación o texto sobre el Reino de Chile. La prensa aún rescata la palabra cada cierto tiempo y flota incombustible en la narratividad indígena. Bolívar invita a los chilenos, en su carta, a mirar y seguir el ejemplo sublime ya que si “los araucanos” lograron su independencia los chilenos también lo harán. Quizás sea importante mencionar que el vocablo “chilenos” fue utilizado en la colonia para designar a los mapuches que vivían en los valles centrales, en Copiapó, en el Mapocho, en Aconcagua, etc. De hecho, con el término “chiledugun” los viejos mapuches se autoreferían y era una forma alterna de designar su idioma. Un caso de esta forma aparece en la clásica “Histórica Relación del Reino de Chile” de Alonso de Ovalle (Instituto de Literatura Chilena. 1969). En particular el Libro Tercero, capítulo II “Del grande ánimo y valentía de los indios de Chile”.  Dice Ovalle “pero aun antes de que éstos [los españoles] penetrasen a su país habían dado ya demostración de sus invencibles ánimos...los reyes Ingas con todo su gran poder, nunca le tuvieron por conquistarlos y vencerlos...pero prosiguiendo con su conquista y llegando a los promocaes del Maule, les salieron los chilenos que habitaban la tierra más adentro...” (p.105 y siguientes).



“[los] araucanos, son sus vecinos y compatriotas” dice el Libertador. Dos países en un país, vecinos y compatriotas, es difícil explicar, salvo si Bolívar estuviera pensando en que ambos deben conformar un solo gran país donde quepan ambos. Los demás dichos del opúsculo citado quizás no tengan nada de sorprendente y podría haberlo dicho cualesquier ilustrado del siglo XIX que hubiese leído a los cronistas. Sin embargo casi al final de su afamada Carta de Jamaica, en que realiza una descripción previa de las circunstancias que conmovían a los americanos, señala “El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de Europa y así llegaron tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre.” (bold nuestras)

Simón Bolívar realiza una valoración extraordinaria de los aportes políticos que el Pueblo Mapuche está llamado a transferir a la novel nación chilena. Que esta última y sus líderes militares y civiles las consideren o no, será harina de otro costal; pero el venezolano augura y releva las condiciones del Pueblo Mapuche.


El Libertador cataloga a los mapuches de “republicanos”. ¿A qué se refiere? ¿Es gratuita la categoría? No. Bolívar está lejos de errar, observa que en las tierras mapuches se goza de una libertad inconmensurable y que el poder radica en el pueblo. Para mayores detalles sobre la visión republicana de Simón Bolívar se puede consultar el trabajo del filósofo mexicano Leopoldo Zea, “Decir y Maldecir en la Conciencia Americana” (en Latinoamérica en la Encrucijada de la Historia. UNAM, México, 1981).



Avanzando en la reflexión, en el territorio mapuche no había cárceles, no había policía, no había ni rey ni estado, no había manicomio, no había dinero, no había dominación de clase  ni subordinación del trabajo asalariado al capital. El olimpo anarquista. El paraíso de Foucault. Ausente allí la construcción de una sociedad disciplinaria, se tejió un prolijo orden territorial, de relaciones horizontales, con prácticas culturales e  identitarias plurales y cohesionadoras, donde “jamás se ha extinguido el espíritu de la libertad” y donde predominan las costumbres virtuosas. ¿Qué leyó el Libertador para formarse esta imagen republicana del Pueblo Mapuche?, ¿qué información manejaba? Queda todavía en la sombra sus fuentes. El militar conocía algunos detalles significativos de la situación de los líderes mapuches en Chile. En otro párrafo de su carta narra Bolívar la siguiente historia: “El suceso de Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén de Copiapó, entonces reinante en aquella comarca. El español Almagro pretextó, como Bonaparte, tomar partido por la causa del legítimo soberano y, en consecuencia, llama al usurpador, como Fernando lo era en España; aparenta restituir al legítimo a sus estados y termina por encadenar y echar a las llamas al infeliz Ulmén, sin querer ni aún oír su defensa. Este es el ejemplo de Fernando VII con su usurpador. Los reyes europeos sólo padecen destierros, el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz”.


 ¿Fue el Pueblo Mapuche la primera república de América? ¿Fue acaso el país mapuche  el primer foco de luz de la libertad continental? Con anterioridad a las revoluciones estadounidense y francesa. Al menos, todo hace parecer, que el Libertador lo creía o lo pretendía. La formación social a la que había llegado el Pueblo Mapuche le permitía gozar de una estructura social afianzada, de normatividades coordinadas por el control social y la autoridad emergida de la pluralidad. El Pueblo Mapuche había conquistado, luego de una larga y costosa guerra, su autonomía y autogobierno. La guerra no fue un impedimento para la expresión de sus formas políticas. Quizás hasta la conformación de una sociedad civil que transmutaba o transfería sus poder a líder militar, por periodos específicos. Esa forma de Autonomía fue también un acuerdo con la corona española que estableció una frontera, en general respetada por ambos vecinos. La política chilena quizás fue una de las pocas áreas de la sociedad que no se mezcló y que nunca incorporó la visión democrática mapuche, seguramente por inconveniencia para las clases que había financiado la revolución independentista criolla. El espíritu oligárquico ya estaba afianzado en el débil estado chileno en formación.


Dos siglos más tarde la afirmación del Libertador, tan lúcida y clarificadora, brilla aún más. Bolívar vio lo que muchos se niegan en aceptar, hasta el día de hoy. Valoró el espíritu libre, de un espacio territorial donde el poder radicaba en el pueblo y las decisiones estaban amparadas en el diálogo y los acuerdos, el gobierno del Pueblo. Algo similar pensaba el cronista Rosales: “En su gobierno, aunque no tienen estos indios de Chile una cabeza, tienen mucho de lo que llaman los Políticos: Democracia,  que es un gobierno popular... Pues para cualquier cosa de importancia se juntan todos,  y principalmente los Caciques, y convienen en lo que han de hacer” en el capítulo XXXII de la “Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano” Diego de Rosales titula “Que en muchas cosas se gobiernan los Indios de Chile conforme a las otras naciones Políticas”.

Quien piense que las cosas de la política le eran ajenas al pueblo mapuche se equivoca. Sucede que con arreglo a la instalación de un estado y la conformación de una nación que le fuera coherente, se abandonó las concepciones democráticas y las relaciones políticas que le permitieron al pueblo mapuche sobrevivir y sostener una dilatada y enorme guerra. Quizás no fue “su espíritu indómito” sino su “espíritu democrático”  que le permitió defender  su sociedad y territorio a través de una distribución de autoridades  que se manifestaban en sus relaciones comunitarias que definían su poder social; un entretejido de poderes microscópicos, o como dijera Michel Foucault, una microfísica social sin aparatos estatales ni clases privilegiadas. El mayío anticipado por Simón Bolívar.



Fernando Quilaleo A.
Periodista
16 noviembre, 8.30 hrs.

jueves, 20 de octubre de 2011

Día de la Razzia en América




Existe desde años la forzada tradición hispanoamericana de celebrar el 12 de octubre como el Día de la Raza y, en realidad, lo que debiéramos conmemorar es una RAZZIA, en su amplio significado. Razzia es una incursión, una correría, en territorio ajeno sin más objeto que el botín.

Una razzia tiene un par de definiciones, pero su genealogía histórica nos habla de las
incursiones de hordas y grupos militares organizados sobre poblaciones en búsqueda de un botín, de limpieza étnica, de dominación religiosa, de expansión cultural y militar, un ataque sorpresivo y organizado sobre un grupo humano considerado como enemigo, del cual se toman sus posesiones, sus territorios y se los somete hasta la esclavitud o la muerte.

Es fácil observar las similitudes de la incursión de los europeos en América con la definición histórica de una RAZZIA. Desde el punto de vista de limpieza étnica es la que cometieron los ibéricos en nuestro continente. Se calcula, según estimaciones de diversos investigadores, que no menos de 100 millones de habitantes tenía América antes de la llegada de los españoles. En menos de una década la RAZZIA había diezmado a los pueblos originarios y los redujo a poco más de 10 millones.

La búsqueda de un botín de la razzia no es menos marcada. Es de público conocimiento que el sentido básico de la batida en América fue la búsqueda de una ruta occidental hacia las Indias y sus valiosos tesoros. Una vez entendido el error geográfico de considerar América y a sus habitantes, como la India y los indios, la empresa no había fracasado en su sentido primigenio: la conquista y apropiación de las riquezas de los otros por la fuerza.

No la superioridad moral sino la superioridad militar, fue la que llevó a la victoria de los invasores en América. El uso de la pólvora, traída de la China, ya no como allí con fines recreativos, sino con fines militares. La superioridad militar ha sido desde antiguo la base sólida sobre la cual se levanta la superioridad ética, étnica, de valores o política. La historia la cuentan los vencedores. Sin embargo, los derrotados no olvidan, guardan en la memoria candente de su comunidad la afrenta que los llevo al sacrificio y al sometimiento. Un claro ejemplo es la obra de Miguel León Portilla: La Visión de los Vencidos.


La razzia tuvo un sentido económico de riquezas que financiaron los siglos posteriores de la expansión de las ideas de Europa sobre el planeta. En una muy descriptiva denuncia el Cacique mexicano Guaicaipuro Cuactemoc denunció en el año 2002: “yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América”.

Esta enorme riqueza de la Deuda Histórica de Europa con América y los americanos señala Guaicaipuro “deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios”. Pero América no ha tenido la capacidad militar para hacer exigibles estos pagos al “viejo” continente. Más cuando Inglaterra financió las revoluciones de independencia con sus empréstitos y ahogó más tarde las posibilidades de desarrollo autónomo; o como sentenció el economista chileno Aníbal Pinto S-C, convirtió a los jóvenes países, y sus economías, en casos de desarrollo frustrado. La misma deuda externa que se vería exponencialmente amplificada en el siglo XX. Es tan difícil encontrar la cifra agregada de lo adeudado por los países de América Latina a Europa y Estados Unidos, la OCDE calcula que la deuda externa es de unos 2 mil billones de dólares, es decir 2x10 elevado a 15 ó, también. 2.000.000.000.000.000.

Los países pobres financian a los ricos. La razzia se hace interminable. Los pueblos de América, los originarios y los constituidos por las revoluciones de independencia hace dos siglos, han quedado sumidos en la pobreza. El número de personas pobres bordea actualmente unos 230 millones y unos 102 millones son indigentes o viven en la pobreza extrema, los datos son del Instituto del Tercer Mundo en su informe La Pobreza y la Desigualdad en América Latina del 2004. Llegaron buscando oro y plata, ahora vienen por telefonía, agua potable, carreteras, centrales hidroeléctricas, derechos de agua y un etcétera insaciable.

La Era de la Razzia no se detiene sólo en la histórica apropiación por la violencia de las
riquezas de Nuestra América y en la destrucción de sus culturas. Avanzado el tiempo, el
significado de razzia se extendió a otras acciones que desde el poder, en general desde
el Estado, se realiza sobre población civil como los allanamientos y redadas de la policía sobre, por ejemplo, comunidades mapuche. Operaciones violentas realizadas por grupos paramilitares en el sudeste mexicano, o las incursiones del Ejército en las favelas brasileñas o el aniquilamiento de comunidades mayas completas por los ultraderechistas escuadrones de la muerte en Guatemala. La guerra sucia de las dictaduras militares en América Latina que campearon desde fines de los 60s hasta 1990 dejó una secuela de ejecuciones, torturas, exilio y desaparición forzada de personas que la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenid@s- Desaparecid@s cifra en 200 mil ciudadanos y ciudadanas. Sin considerar, para mayor decepción, las cifras de desapariciones denunciados por el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en el México de estos días, en donde se triplicó esta práctica; en lo que va del gobierno de Felipe Calderón las cifras ascendieron a más de 40.000 personas y otras 50 mil, en la Colombia de su ex-presidente Álvaro Uribe.


La genealogía de la razzia tiene una vertiente de origen árabe, en la guerra santa, la Ghazha. Da cuenta del mismo proceso que conocieron los españoles desde el año 711 y que luego practicaron en América, su herencia fue la espada de dios en contra de quienes no profesaran su religión. Aún hoy ocurre la misma intolerancia por otras vías. La espada de dios se alza ahora para amenazar a quienes profesan creencias distintas. Ghaza es también la batalla santa, empujada por la divinidad, en contra cualquier infiel que se resista a abandonar toda práctica que la religión haya pontificado como enfermedad o desviación. De esto saben los nuevos perseguidos aquellos de las banderas multicolores de la diversidad sexual.

Los pueblos indígenas, originarios y estatales, sus causas y sus posibilidades de mejoramiento, buscan el reconocimiento social de esta intolerancia; una solidaridad que nos haga tomar conciencia de la coincidencia de fines y reasiente las bases para impedir nuevas incursiones, nuevas injusticias. Que la historia y su memoria ardiente nos sirva para interpretar las noticias cada mañana. Para no olvidar las causas antiguas y las actuales, que se hacen luminosas en el Día de la Razzia contra América.

Fernando Quilaleo A.
periodista
10 octubre 2011, 22.12 hrs.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

CHILE BICENTENARIO: DE LAS COMUNIDADES INVENTADAS A LA COMUNIDAD DIVERSA

Publicado en Revista Focal Point-Canadá. (abril 2006)
www.focal.ca 


Las fuerzas políticas en Chile comienzan a debatir, cada día con mayor intensidad, sobre ciertas nociones fundacionales del país. Uno de estos puntos tiene en su centro a la República, constituida sobre una visión férrea de la tetralogía: Pueblo, Nación, Territorio y Estado. Acuerdo a la base plasmado en tres constituciones en 200 años. Pero toda constitución es la constitución de una derrota. Por un lado, los vencedores construyendo el país ensoñado y, por otro, los vencidos oponiéndose a las prácticas marginadoras y a las políticas públicas liquidacionistas de sus particularidades culturales. La constitución republicana de los vencedores sobre los pueblos indígenas vencidos. Derrotados ya no por la pólvora y las enfermedades, sino por las letras, la defensa de la propiedad privada y el monopolio de violencia que aseguró al Estado el uso exclusivo de la fuerza para resolver los conflictos.

Menos de un lustro nos separa del Bicentenario. Hoy no es menos difícil que Ayer incorporar en la idea de país nociones transformadoras como diversidad, plurinacionalidad, multiculturalismo y otros conceptos cada día más presentes en el debate internacional sobre los derechos de los pueblos indígenas. Se trata de intentos serios por modificar, ya no sólo un grupo de mentalidades e ideologías excluyentes, sino de realizar las transformaciones necesarias para terminar con políticas que minorizan a los pueblos indígenas y dar paso a sociedades respetuosas y equilibradas que permitan la vida armoniosa de quienes conviven en su interior. La búsqueda de la unidad por lo que tienen en común. La construcción de una nueva comunidad ya no inventada ni perdida, sino posible y material. Una comunidad incluyente, que no sea disfrute privativo de unos pocos que la poseen. Por el contrario, que se extienda a los variados que la reclaman, una comunidad diversa.

 Chile ha visto transitar, a lo largo de su vida republicana, propuestas políticas anuladoras e integracionistas. En los albores de la República se vivieron algunos pocos años marcados por el interés de incorporar a los indígenas a través de la igualdad jurídica; sin embargo la gran mayoría de los actuales pueblos indígenas, al menos los ocho reconocidos en la Ley Indígena de 1993, no fueron parte del territorio nacional hasta fines del siglo XIX. Luego de la Guerra del Pacífico frente a Perú y Bolivia fueron anexados importantes territorios en el norte del país (1879), en estas regiones viven hasta el día de hoy las comunidades aymaras, quechuas y atacameñas. El Ejército vencedor no acampó en Santiago, por el contrario, continuó al sur a realizar la pacificación de la Araucanía, como se conoce en la historia oficial al proceso de anexión de los territorios que ocupaba el pueblo mapuche en el sur del país, desde el río Bío-Bío hasta las Isla Grande de Chiloé (1883). Se realizó también la anexión al territorio chileno de la isla Te Pito Ote Henua, Isla de Pascua (1888)  y, por último, se realizaron las matanzas impunes de los pueblos del extremo austral, hasta la extinción de los Aonikenk o Tehuelches y los Selk’nam u Onas; además la persecución y reducción casi al exterminio de las poblaciones kawésqar y yagán (1884) que apenas sobreviven hoy en un par de decenas. El siglo XX empezó para los pueblos indígenas 15 años antes.



Qué otra política pública podría haberse implementado sino la de chilenización que se extendió por todo el siglo y que en muchos postulados del Chile actual permanecen. La política pública orientada a indígenas en Chile ha vivido cuatro grandes periodos: 1) El de radicación o de “arreduccionamiento”: las tierras indígenas incorporadas al Estado fueron transformadas en reducciones. En la zona mapuche, se entregaron 3.078 títulos de merced que contenían apenas 475.045 hectáreas de los 15 millones originales y se benefició a 77.751 comuneros. 2) Individuación. Se buscaba hacer a los indígenas individuos a través de entregarles propiedad individual de la tierra colectiva mediante la división de las comunidades que recibieron en mercedes de tierras. 3) Negación. Se buscó terminar con la existencia de grupos indígenas e indígenas individuos. La idea central fue reconocer sólo la existencia de chilenos campesinos. 4) Desarrollista. Las dos leyes indígenas que buscaron su reconocimiento, 17.729 de 1972 y 19.253 de 1993, tuvieron sus fundamentos doctrinarios en la necesidad de llevar a los indígenas hacia el desarrollo, podían al mismo tiempo salir de la pobreza y mantener sus prácticas culturales e identitarias. Las instituciones encargadas fueron el Instituto de Desarrollo Indígena (IDI), en la primera, y la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, en la segunda, que existe hasta hoy.


La actual acción pública hacia los pueblos indígenas se llama Política de Nuevo Trato, fue inaugurada por la administración Lagos en el año 2003 y la nueva administración de la Presidenta Bachelet augura mantener sus propósitos incorporando nuevas visiones a través de una Consulta Nacional con Los Pueblos Originarios que debiera anunciar sus términos el próximo 24 de junio.


Una somera línea de tiempo de la agenda indígena de los gobiernos democráticos señala entre otros sus principales hitos: El acuerdo de Nueva Imperial en 1989, Comisión Especial de Pueblos Indígenas 1990-1993; los Congresos Nacionales de Pueblos Indígenas de 1991 y 1997; Diálogos Comunales y Pacto por el Respeto Ciudadano de 1999; Grupo de Trabajo sobre Temas Indígenas 2000, Plan de las 16 medidas en el marco de la Carta a los Pueblos Indígenas de Chile; el Programa Orígenes, un convenio del Gobierno de Chile con el BID por 80 millones de dólares orientado al desarrollo de 645 comunidades; Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato 2001-2003 y la Política de Nuevo Trato.

Estos avances en propuestas, inversión y acción política encuentran como contraparte un movimiento indígena múltiple que se mueve entre la participación, el diálogo crítico, las acciones de rechazo y la movilización decidida. Desde la incorporación en las múltiples instancias de diálogo generadas por el gobierno hasta las recuperaciones de tierras.

A su turno el gobierno ha empleado toda la fuerza del Estado de Derecho, llegando a echar mano de Ley Antiterrorista para condenar a los imputados en acciones de clara dureza. Cuatro de ellos mantienen hoy una huelga de hambre extrema que está a punto de completar los dos meses. Las organizaciones indígenas responden con denuncias en foros internacionales y fuerte presencia mediática global. En Otro actor central se ha constituido la batería de informes de situación preparados por el relator de Naciones Unidas, por oenegés, personeros y organismos internacionales, parlamentarios y agencias públicas que  buscan testimoniar y evaluar el proceso. La sumatoria de estos factores ha llevado a que política pública indígena en Chile tenga hoy cuatro pilares fundamentales: La CONADI, El Programa Orígenes; los programas sociales sectoriales y el Ministerio del Interior.

En 200 años de vida republicana apenas 20 han buscado reparar el daño causado hacia los pueblos indígenas. En el Chile de hoy dos propuestas sobre la realidad indígena se disputan el campo político nacional: el reconocimiento y la autonomía. La propuesta gubernamental se encamina hacia mayores grados de reconocimiento de derechos. Todo indica que una formulación participativa de una propuesta Reconocimiento Constitucional, la ratificación del Convenio 169, el avance en derechos sectoriales de cada pueblo indígena y la profundización de las propuestas de desarrollo marcarán la agenda pública de cara al Bicentenario. Esta tendencia no desconoce que existen detractores y conservadores, que ven en los avances de la diversidad una negación del principio fundante de la unidad nacional. Qué harán los representantes indígenas: llevar su demanda hasta la transformación del Estado uniforme. Las organizaciones indígenas rearticulan sus propuestas bajos los signos de la autonomía, como la expresión material del derecho a la libredeterminación, consustancial a todo pueblo. De la mano de esta megademanda vienen adicionadas las reclamaciones por un polinomio de derechos colectivos entre los que se cuentan: el derecho a la representación, los derechos participatorios, el derecho a la autoafirmación; el derecho a la autodefinición, los derechos pluriétnicos o culturales, los derechos patrimoniales; el derecho al autogobierno y el derecho a la administración de un territorio al interior de un Estado, ahora multicultural.

 Todo hace parecer que el Bicentenario anunciará la posibilidad de ir más allá del Estado a través del Estado. La negociación, el diálogo y legítima presión social estimularán a las políticas públicas para que terminen acompañando y empujando un proceso de transformaciones dentro del imperio de la ley. Una revolución por la diversidad en medio de un sistema excluyente. La búsqueda de mayores grados de democracia, ahora sí para que quepan todos. La construcción de una comunidad diversa. Hasta dónde podrá tensarse el bramante, es una pregunta abierta. 


Fernando Quilaleo. Periodista. Magíster © en Comunicación, Universidad de Chile.
Santiago de Chile, abril 28 de 2006. 19.15 hrs.

martes, 30 de agosto de 2011

Largo Viaje de los Mapuche Urbanos






                           Largo Viaje de los Mapuche Urbanos 

Carabineros remueve al suboficial Miguel Millacura como autor de disparos que habrían dado muerte al joven Manuel Gutiérrez en Macul en el marco de las movilizaciones del Paro Nacional del día 24 y 25 de agosto. El país espera que el Ministro del Interior, Rodrigo Hizpeter, asuma su responsabilidad política y renuncie al cargo.

 El policía Miguel Millacura, que intentó ocultar su acción limpiando su subametralladora UZI  y reponiendo las balas, es mapuche. Millacura significa en mapuchezugun Piedra Dorada. Existe un importante contingente mapuche que se desempeña en Carabineros desde las migraciones de la primera mitad siglo pasado. La migración mapuche de los años 30 y 40 tuvo como meta mayoritaria la Capital.

En la memoria colectiva está arraigado con claridad cuál fue el destino específico en Santiago: las mujeres a trabajar en casas particulares y los varones a las panaderías y a Carabineros. Había un punto común entre ellos, en los tres lugares se ofrecía alojamiento a los contratados.

 La migración tuvo su origen en múltiples factores, pero los principales los resumiremos en tres:


a) La pérdida del espacio territorial del pueblo mapuche y su reflejo en las familias;


b) El crecimiento familiar que impedía la subsistencia de los hijos en las reducidas tierras comunitarias posteriores a la radicación y


c) La atracción económica, cultural y social que representó la ciudad moderna a los habitantes del parroquial y patronal campo chileno.



 La migración mapuche desde la comunidad trajo consigo el cambio societal más importante del pueblo mapuche en la época contemporánea: los mapuche urbanos. Este cambio generó tensiones que se extienden hasta el día de hoy. Los mapuche wariache pasaron de ser un poco más del 10% de la población hacia 1970 a ser casi el 70% en el 2002, según el Censo INE.


La migración no fue fácil, más bien, fue toda una travesía. No se produjo entre dos territorios más o menos homogéneos, dentro de un mismo contexto cultural y social. La migración fue, ante todo, un viaje entre dos países distintos. Sólo comparable con lo que se viviría años después con el exilio obligado por la Dictadura de Pinochet post golpe de estado.


Por mucho que se hubiesen establecido dominios administrativos bajo el monopolio de la fuerza, y la violencia, por parte del Estado Chileno en las comarcas mapuche; el espacio cultural de la frontera continuaba siendo un espacio de dinámicas e imaginarios, más o menos, autónomo.


La migración no sólo provenía de otro país, por sus dinámicas intraculturales. La migración era un largo trayecto desde una formación económica que persistía, con dinámicas de consumo, de intercambio, de valor y de trabajo realizado en forma colectiva. Una especie de socialismo comunitario en el lofmapu. El desplazamiento se constituyó desde la profundidad del pueblo mapuche hasta la modernidad incipiente de las ciudades en camino de la industrialización. De aquella colectivización hacia la formación económica del capitalismo avanzando a paso firme en Chile.


Las inquietas exploradoras, los mudos precursores, los añiles viajeros,  no provenían simplemente de una cultura agraria; de campesinas relaciones sociales de producción. La distancia era más extensa; tampoco de la estructuras nacionales distintas, de un país con un idioma traspuesto, sino provenían de un viaje extenso. El largo viaje mapuche desde el lof mapu, no era un simple viaje de 15 horas, sino un viaje a otra dimensión.


Llegados a la ciudad, sin familia, sin apoyo del Estado receptor, sin ACNUR,  la primera meta fue siempre un lugar para dormir. Importaban poco los turnos extenuantes de las panaderías, las salidas mínimas de las trabajadoras de casa particular o la imposición de servicios de días y noches en las comisarías. Lo importante era una litera.


Así Carabineros se nutrió de un contingente mapuche importante para sus labores policiales, pero también para sus labores represivas. El proceso continuó. Que mejor que disponer astillas del mismo palo para reprimir. Se podría cuestionar la condición cultural de Millacura, invalidar a través de considerar la ausencia de prácticas culturales mapuches. Es una alternativa menos compleja.


Quizás debamos, mejor, intentar cierta comprensión a la genealogía de apropiación de contingente por Carabineros de personal mapuche para reprimir. Sería pertinente preguntarse si a los carabineros mapuche se les respeta su condición cultural, si es parte de su formación el conocimiento de sus prácticas culturales, de su idioma o de su cosmovisión. Del mismo modo de conocer si estudian principios éticos como la defensa y respeto de los Derechos Humanos.


Es bastante claro que el largo viaje mapuche sigue teniendo como destino frecuente las escuelas de formación de Carabineros, que desprovistos de ética, o revestidos de un alineamiento marcadamente represivo permite el crimen de un joven desarmado, como Manuel Gutiérrez.


 Fernando Quilaleo A.
Periodista
Agosto 29 de 2011
22.35 hrs.


lunes, 13 de junio de 2011

Chile y Argentina en el Largo Sendero de la Historia Mapuche

                                  


“Los incendios de cementeras listas para la cosecha
alumbran el estrellado cielo de la frontera”

                                                                                                        


Sábado por la tarde. Junio y el sol brilla estival. Las noches son más largas y los días más cortos. Me he sentado mirando revivir mi huerta florida  con el ya próximo veranito de San Juan. Podría estar sentado aquí mismo, a orillas del río Maipo, mil años antes, 500 antes que escuchásemos hablar por primera vez de España y del Papa. La gente estaría en sus casas cerca de los canales y prepararía las fiestas del fin de año. Entonces no sería el santo el festejado sino el Año Nuevo, se habrían secado y caído las hojas, entonces sería We Xipantu.


El rey Felipe II, contaba Domingo Curaqueo padre, mandó que sus servidores del Reino de Chile expulsarán a los mapuche de las cercanías de Santiago y los hicieron formar pueblos de indios como Melipilla o Buin; además debían ser bautizados con nombre de santo y apellidos de cristianos y en español.


Durante la Colonia los españoles solían llamar Chilenos a los mapuches. Chileche o araucanos. Por su parte los incas aseguraban haber bautizado en aymara estos territorios como lugares fríos, Chile-Suyu. No había más chilenos que los pueblos originarios que la habitaban y que no eran ibéricos. Los curas hábiles en la tarea milenaria de la dominación. Habían aprendido de sus dominadores los romanos el arte del control de nuevas mentalidades a través de la imposición de creencias. Los cristianos impusieron el nombre de Juan y Juana a muchos de los nacidos. Así la atávica fiesta de fin del año agrícola mapuche se comenzaba a subsumir en el oscuro manto de la superposición de ritualidades. La victoria cristiana no sería eterna ni absoluta. La verbena permaneció inmanente hasta ser develada a inicios de los 80. El cristianismo fue victorioso en muchas fiestas religiosas que hoy se mezclan, practicó el sincretismo sin tregua. El principio de la empatía de Carl Rogers no había nacido todavía.


Los conquistadores no vieron la enorme riqueza de la diversidad que destruían. No descubrieron, sino encubrieron. La mentalidad de conquista venía impulsada por el sentido empresarial ya presente en la Europa en expansión. Por eso no es extraño notar coincidencias tan cercanas si yuxtaponemos la invasión de América y los intentos de capitales transnacionales por construir en la Patagonia una central Hidroeléctrica. Hace 500 años llegaron preguntando si teníamos oro, y hoy preguntan si tenemos teléfonos, agua potable, electricidad, carreteras por  concesionar o Patagonia sin represas.


Los días transcurren con noches frías y días cálidos. Asistiremos a una antigua fiesta de la sociedad original. La fiesta del nuevo ciclo del Sol. La nueva Salida del Sol, We Xipantu. En la larga historia mapuche desde el lejano origen del universo, de la denominación de las cosas, del manejo del arte de la palabra, de la observación astronómica, de la defensa del territorio  y sus  recursos valiosos y, sobre todo, la construcción de una sociedad estructurada y libre, como el vuelo de los cóndores. Una nación extendida en un territorio que iba desde el sur del Río de la Plata hasta la Patagonía y desde el Atlántico al Pacífico. De ocaso a ocaso, desde el Wvñelfe azul de la mañana hasta el rojo del atardecer. El Puel Mapu y el Gvlu Mapu. Las dos caras del País Mapuche, del Meli Wixan Mapu.


Cerca, de lo que hoy es Buenos Aires, los mapuche obsequiaron presentes  de plata a los novísimos turistas náufragos de una expedición encabezada por Juan Díaz de Solís. Estos sobrevivientes la llevaron a su España natal y alimentaron la idea de una enorme montaña rica en Plata, que deslizaba sus entrañas por un río majestuoso. Nacía Argentina.


Se acabaría la Colonia y vendría las luchas revolucionarias de la Independencia. El País Mapuche, que ya había conseguido su independencia por la vía de una guerra prolongada de 300 años y el reconocimiento de su nación por la Corona Española, vería temblar su posición y más tarde sucumbir su soberanía. Creados los estados criollos, no pasarían 60 años antes que el propio destino manifiesto de las novísimas oligarquías vieran amenazadas su integridad por la existencia de un pueblo libre en sus fronteras. La forma de ver al pueblo mapuche paso del respeto por su valentía al cuestionamiento de su condición de outsider civilizatorio. Domingo Faustino Sarmiento, el pensador argentino, escribirá su obra mayor contra los valores del pueblo mapuche: Civilización y Barbarie en las Pampas. DFS crea su dicotomía y comienza a ordenar la realidad con su nuevo hallazgo: campo/ciudad, cultura/ignorancia, europeo/mapuche, buenos/malos. La pampa en Sarmiento es el eufemismo para designar al pueblo mapuche. Más cercanos a la naturaleza, de ellos el civilizado debe huir o, mejor, combatir. Las sociedades herederas de la Europa pensante deben abrazar la ciencia, la técnica, la literatura y las artes. Argentina necesitan, dirá, promover la inmigración europea para poblar la pampa y la patagonia. El proceso implica eso sí un sacrificio: la destrucción y aniquilación del pueblo mapuche, esos salvajes que piden permiso a los ríos, a los árboles, a los animales para tomarlos. Argentina y Chile debían eliminar al Pueblo Mapuche a condición y amenaza latente de volver ambos a la Barbarie.


La Guerra se llamaría de Pacificación de la Araucanía en Chile y Campaña del Desierto en Argentina. Se usurpará la totalidad del territorio mapuche, de ambos lados de la cordillera. Crimen, muerte, persecución,  usurpación de animales, incendio de cosechas en todo el territorio, robo de madera, recursos naturales; se transformaría a la nación mapuche de pueblo ganadero en campesino de subsistencia. Por todos lados pobreza y destrucción. La población que ya estaba menguada por la Guerra de Arauco vería descender aún más su número, ahora con el desprecio y discriminación por su condición. Chile y Argentina seguirán adelante, y se caerán esas montañas antes que chilenos y argentinos rompan su pacto. El pueblo mapuche quedó apretado como trigo en un costal. Vendría la radicación. En Chile se entregaría 3.078 títulos de merced sobre 475 mil héctareas de los 10 millones antes de la Guerra. Pero eso no bastaría por que, ahora por la vía legal y la estafa seguiría la usurpación de ese medio millón de há. Vendría la propiedad privada y la migración. Todo reseñado en un magnífico libro de René Rodríguez “los mapuches en el largo sendero de la historia de Chile” (Estocolmo, 1983).


La historia mapuche es larga como esta cordillera. Fría a veces, maciza otras. Oscura y despoblada y frondosa y bella. Quizás esta historia dolorosa es también parte de nuestra historia. Que nuestras penurias y sacrificios son también parte de nuestra identidad. Los esfuerzos por levantarse de nuevo, por colocar de nuevo en el centro de la economía  y de la política la necesidad de una relación distinta a la que ha existido hasta ahora, echar mano a la capacidad diplomática y de resistencia del Pueblo Mapuche.


Anochece. La cordillera brilla como un sol blanco. Los mapuche preparan la fiesta del nuevo año. 500 mil mapuche en el Puel Mapu y un millón en el Gvlu Mapu. 







Fernando Quilaleo A (periodista)
en Twitter: @kilaleo 

11 junio. 20.55 hrs.

lunes, 23 de mayo de 2011

Un Nuevo Modelo de Vida: El desafío del Vivir Bien indígena (parte 2)

Un Nuevo Modelo de Vida: El desafío del  Vivir Bien indígena
(parte 2)

Muchos años atrás recordé esa tarde remota en que un buen amigo me llevó a conocer el hielo. América Latina era entonces una aldea con 20 casas de barro y cañabrava construida a las orillas de un río de aguas diáfanas que se precipitaban sobre un lecho de piedras pulidas, blancas  y enormes, como huevos prehistóricos. Me comentó cómo el desarrollo era en verdad la historia de un embrollo. El embrollo de la industrialización desenfrenada, la búsqueda de la riqueza ilimitada como motor de conquistas y dominaciones. Por lo tanto, concluimos, que la ruta de la vida humana y la de nuestros pueblos es, en gran medida, un proceso de desenrrollo. El largo esfuerzo de la liberación de esas conquistas y dominaciones, de estos interminables años de soledad.

Los pueblos están enrollados, cuando no arrollados, por sus problemas y los persistentes desaciertos de sus preceptores. Los pueblos están envueltos, atados, anudados. Se trata entonces de desenrrollar, de desatar, de liberar. Ese amigo hoy es presidente de un pequeño y digno país en una brizna de planeta en medio de un haz de luz en el espacio y habla con tenacidad, junto a los pueblos originarios, del Vivir Bien Comunitario.

Ese planeta pequeño tiene unos 6.300 millones de personas en sus extensiones. 1.200 viven con menos de un usadólar diario y otros 1.500 millones lo hacen con dos usadólar por día. Otros dos mil millones viven en condiciones de pobreza relativa, cuentan con recursos suficientes para alimentarse pero no para cultivarse. En menos de 100 años hemos disminuido la biodiversidad en un 60% y los recursos disponibles en el planeta se agotan en progresión geométrica. El agua está privatizada. Mil millones de personas viven a más de un kilómetro de una fuente de agua.  Cerca de 20% de los suelos están hoy salinizados o en vías de desertificarse, e inutilizados para la agricultura. Todos estos datos expuestos por Jeffrey Sachs en su libro El Fin de la Pobreza.

La agricultura intensiva o agroindustria se basa en robar bosques nativos a la naturaleza, terminar con su variedad de especies, su capacidad para conservar aguas y suelo, su protección contra las inundaciones y la sequía. Convertir un bosque nativo en un monocultivo o plantación forestal u otros productos genera ingresos rápidos a los capitales de unos pocos. Esos negocios y esos ingresos se basan en un daño que empobrece las tierras que en el pasado fueron fértiles y las contaminan con  fertilizantes. Los derechos culturales y de la biodiversidad son transgredidos y los estados amparan el dumping étnico, al subsidiar a las grandes empresas que no deben pagar los costos de la destrucción biocultural. El Planeta se afiebra. La Tierra se enferma.

La  alternativa al consumo desenfrenado no pareciera encontrarse en las lógicas de desarrollo, independiente cual sea su apellido. La iniciativa  actual de los pueblos originarios de América es la propuesta de Vivir Bien Comunitario. El núcleo duro y centro motor de esta propuesta de los pueblos es considerar a la Tierra como un organismo vivo criterio central establecido en la Cumbre de la Tierra de Cochabamba, Bolivia 2009.

La Tierra, no es sólo un organismo vivo, es la madre de todos los seres materiales e inmateriales. Como Madre Viva tiene derechos consustanciales e inalienables. Varios de esos derechos que están presentes en las largas jornadas de lucha de los pueblos originarios y sus aliados en el continente se pueden encontrar reseñados en el Proyecto de Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra (DMT, ver más en: cmpcc.org).

La propuesta de un nuevo Modelo de Vida crece con la firme convicción que todos somos parte de la Madre Tierra, una comunidad vital indivisible de seres interdependientes e interrelacionados. Sus consideraciones políticas, económicas y culturales no nacen sino de una opción por la vida.

La propuesta apunta a quitarse de encima las gafas del desarrollismo y su falsa conciencia, y buscar/llevar una vida ligera pero significativa. Ir más liviano, con menos dinero, pero más espacio y más libertad. Proteger la Tierra para proteger la vida y castigar el derroche y el abuso. Vaya mirada de futuro que mira al pasado, y que encuentra en él una alternativa ya no sólo para una comunidad sino para todas las comunidades humanas y naturales.

La declaración de los DMT es la matriz de una propuesta de dilatado debate de la economía política indígena en contra del Modelo del Capital. La  globalización de este modelo económico que impulsa la progresiva explotación y apropiación  humana masiva de la naturaleza y sus recursos de tierra, agua y aire.  Muy bien lo sintetizó el Presidente Evo Morales al presentar sus propuestas para salvar al planeta “Los grandes efectos de los cambios climáticos no son producto de los seres humanos en general, sino del sistema capitalista vigente, inhumano, con desarrollo industrial ilimitado, por eso siento que es importante acabar con la explotación a los seres humanos y acabar con el saqueo de los recursos naturales".

Su gobierno ha precisado que “Como una voz de esperanza de un porvenir más equilibrado, irrumpe la Cultura de la Vida que encarnan nuestros pueblos, como lo han demostrado a través de la historia. Nuestras comunidades están impulsando otra forma de vida, la construcción de otra América, de otra Abya Yala, de otro mundo. Este otro mundo es propuesto desde un cambio de modelo de vida.

Ese nuevo Modelo de Vida va de la mano de las propuestas del Vivir Bien Comunitario que busca f
ortalecer las culturas locales para promover una sociedad humana y en encadenamiento con la naturaleza. Se incorporan principios como la relacionalidad, la complementariedad, la dualidad y la reciprocidad. Para garantizar el Buen Vivir, hay que incorporar a la actividad humana las prácticas colectivas de complementariedad y reciprocidad pero también las sociedades y naciones ricas deben bajar sus niveles de consumo.

El Vivir Bien Comunitario más que ofrecer soluciones mágicas e instantáneas se plantea dudas compartidas en torno a la forma de generar una economía política propia orientada a la comunidad y no una economía contra la gente, resituar así la relación de la política con la economía y reconciliar las estrategias económicas con las lógicas y éticas culturales.



Fernando Quilaleo A.
Periodista
Mayo 5 de 2011
21.15 hrs.